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jueves, 6 de enero de 2011

Carta para el fin del invierno...


Fue uno de esos momentos en los que no solo el tiempo se detiene... sino que también parece avanzar a una velocidad nunca antes vista; paradójicamente inexplicable que estos dos puntos se envuelvan en una simetría que ni la física puede explicar. Pareciese una alusión a lo míticamente llamado etéreo; inaudito; increíble; insospechado; incongruente; imposible...inmortal.
Fue uno de esos momentos en los que lo que alrededor nos contempla resultase simple, como cuando contemplas extasiado algo vivaz, algo que pareciese no terminar.

Unos pasos, uno detrás del otro, al compás de esa música que fluía como una onda en el agua que quién sabe hasta donde podría llegar. Así era aquello. Solo era cuestión de saber en que momento caería el siguiente compás, el siguiente arpegio.

Cuando de pronto, esa mirada mía que no se yo donde a veces se mete se fijo tímidamente en esas ideas, en esas pulsaciones que provocaban vaivenes en el aire, mientras mis pasos me llevaban al final del camino. Un camino corto, demasiado corto, tan corto que pareció que hacía detener el tiempo, y a la vez hacerlo transcurrir deprisa, como el viento que sopla en la tempestad; como el recuerdo que se asoma en mi mente cuando evoco esa melodía.

Un golpe, dos y tres. Un ritmo, una idea que se transforma en ruido; un ruido que suena a música. Una música que suena a ti, a mi y a todo. Siempre.
Un golpe, dos y tres. Que hacían acrecentar esa sonrisa, que quién sabe de quién termino siendo; no se si tuya o de la pequeña que miraba junto a ti. ¿Quién lo sabe?
-Yo
-No, yo no... ¿o sí?
-No, no lo creo, es demasiado complejo.
-Complejo solo si no lo logras entender.
-Lo entiendo, pero no lo siento.
-Entonces deja de ser complejo, y se vuelve idóneo...
-¿Idóneo?
-Si...idóneo...
-¿Cómo...?
-No lo se...no lo puedo explicar...pero...
-¿Pero?
-Puedo tocarlo para ti...
-Ahhhh...

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