Tengo un don; bueno, en realidad tengo muchos, pero hay uno que es particularmente desastroso, casi tan triste como una vida conducida por la ignorancia.
Este don es a su vez una especie de "contrapeso" en la balanza del circo al que llamo vida.
Mientras doy un sorbo a mi café, pensando cuál será la siguiente línea de esta historia recuerdo ese viernes, caluroso por cierto, pero que de alguna manera se había ido desarrollando de tal forma que pudo haber sido como cualquier otro día; un poco lento quizá, un poco de la forma de ir de aquí para allá, de salir, de entrar, de correr, de hacer lo que sea que hago en los días que no se llaman viernes.
Pero bueno, ahí yo estaba, bajando del taxi, frente al banco al que nunca voy, junto a esa pizzería a la que juré no regresar también. Y caminando unos cuantos pasos, acompañado de la insufrible Norma, y del buen Paquito entré a cobrar el cheque de una muy tensa quincena. Recuerdo que había bastantes personas haciendo fila para hacer no se que, esperando a que fuesen atendidas, sufriendo el bochorno de la multitud, escuchando el llanto de un niño por ahí que se negaba a callar, como si tratase de romper algún récord de más decibelios en un espacio reducido, viendo como pasaban los segundos y los minutos sin dar un solo paso hacia la ventanilla, o lamentándose el no haber asistido más temprano.
Dentro de ese universo de historias yo formulaba la mía, escuchando decir tonterías a la risa de mujer que nos acompañaba, y ver como se introducía en un debate estéril con mi otro compañero. Mi historia era acerca de cuál sería mi plan más tarde por la noche para ese fin de semana.
Y sin reparar demasiado en mi alrededor caí en la cuenta de...
Que ahí estabas, parada; esperando como todos los demás; sin inmutarte por el calor, por el ruido de ese niño que más que terquedad pienso que tenía la misión de reventar algún tímpano. Y solo mirabas al frente. Aún.
Y mientras la discusión delante mío iba subiendo de tono, deje de escucharlos. Concentrado. Enfocado en Ti.
Y volteaste.
Y me miraste...
Mientras doy un sorbo más a mi frío café, y mientras Lucinda Williams entona una bella canción por las bocinas sigo recordando, deteniéndome de vez en vez en hacer memoria de como ese folleto en tus manos servía como un improvisado abanico que te daba un poco de frescura, al tiempo que los cabellos que no alcanzaron a ser recogidos por tu sencillo peinado volaban; como esos días en los que la brisa soplaba lentamente, y mecía la hierba de los prados, en los que la sombra era verde bajo los túneles que formaban las frondas de los robles y los olmos. Como esos lozanos duraznos del estío entre las nieves del invierno, y como la leche fresca para el cereal del desayuno en una cálida mañana de principios de junio. Y los raros días del año en que el clima estaba en perfecto equilibrio, tan serenos cual hoja atrapada entre leves vientos que soplaban con benevolencia, eran días como tú, y en el calendario debieron haber llevado tu nombre.
La canción ha cambiado. Bird York hace acto de presencia. Y su voz me hace pensar de nuevo en ti. En como nuestras miradas se cruzaron tantas veces ese día, me hace pensar en como sonreías tímidamente. Y recuerdo sobre todo, en como cruzabas de nueva cuenta esa puerta, yendo a cualquier parte a la que te dirigieras, dejando detrás tuyo un suspiro.
El mio.
Y este es mi don. El ver partir a las personas. Sin detenerlas. Sin decir "Adiós".
