Buscar este blog

domingo, 24 de julio de 2011

La princesa de los dulces...


Cuando la mañana comenzó lo único que se alcanzaba a escuchar en las lejanas laderas de las montañas era el trinar de los pajarillos que anunciaban un nuevo día. El sonido se volvía incesante, y en ocasiones hasta molesto, pero la gente de la comarca ya estaba acostumbrada, entonces lo único que les quedaba era levantarse de la cama y empezar el día como de costumbre. Lo mismo del día anterior, y del anterior a ese. Y lo mismo de un día atrás. Todos de vuelta a esa rutina interminable que de una extraña manera los llenaba de gusto y a la que acudían dispuestos, esperando quizá a que algún día cambiara, o a que el día terminara de la misma forma que hacía años.
Y así transcurría la mañana, sin muchos cambios. El lechero hacia su ronda por las accidentadas callezuelas del poblado; el carnicero echaba sal sobre la carne una y otra vez, al tiempo que su esposa espantaba a las moscas. El hijo del vendedor de legumbres enojado levantaba las pesadas lonas de piel de camello para poder exhibir su mercancía mientras su padre terminaba el desayuno. Al cabo en un rato empezaría por fin a llegar la gente a comprar. Y así todos los que hacían las mismas cosas desde hacía años estaban ahí, repitiendo lo que tan afanosamente les ocupaba desde siempre.
Quizá quién tenía la labor más envidiada de todas era el jefe de la aldea, puesto que lo único que hacia era pasearse unos minutos por las calles seguido de su guardia personal compuesta de seis hombres altos y fuertes de aspecto intimidante, sin contar que iban armados hasta los dientes, y con cara de muy, pero muy pocos amigos...
La cuestión era la siguiente; el jefe del pueblo salía a caminar diariamente a eso de medio día, acompañado siempre de su mujer, bastantes años más joven que él. Y también más atractiva. Y esta última siempre utilizaba la guardia principal de su marido para ir al mercado a comprar lo necesario para su hogar, del cuál se ocupaba ella misma. Cosa extraña, porque pudiendo pagar esclavos prefería ser ella quién complaciera a su marido con la comida, el aseo, y muchas cosas más por las cuales podría pagar evitándose el esfuerzo, pero no era así, y eso era muy de admirarse.
Pues así ocurría diariamente en nuestra pequeña aldea, sin muchos cambios y sin inmutaciones por parte de sus habitantes, hasta que un buen día de otoño, cuando las hojas de los árboles dejan escapar su verde fulgor y caen al suelo se veía a la distancia una figura humana. Era pasadas las 6 de la tarde, y la figura se acercaba al pueblo. Hacía mucho que no se recibían visitantes en el pueblo y era demasiado pequeño y cayeron en cuenta de que nadie había salido de el. Entonces supusieron que era algún forastero o un viajero que se había perdido y que iba de camino a quién sabe donde...
A eso de las 6 con quince minutos de la tarde la extraña figura se acerco a la empalizada que rodeaba los límites del pueblo, y solo se quedó ahí parada esperando alguna especie de recibimiento, mientras los guardias de las puertas del pueblo solo la observaban y se acercaron a preguntar cuál era el asunto que la llevaba a ese lugar.
Una profunda extrañeza se apodero de los guardias al darse cuenta de que esa persona era una mujer, pero les extrañaba el echo de viajar sola por esos parajes y sin una guía, pero eso ya no importaba, ya estaba ahí. Cuando preguntaron por su nombre, ella solo dijo hacerse llamar "la princesa de los dulces" al tiempo que los guardias dejaban escapar tremenda carcajada y una sonora burla. Esas risotadas llegaron hasta la casa del jefe del pueblo, quién se había despertado de su siesta vespertina con aquel ruido, así que molesto salió de su casa seguido de su séquito de matones a saber quién osaba a interrumpir su sueño. 
El escenario que se encontró fue un poco salido de algún cuento de cirqueros. Encontró a la guardia del pueblo al rededor de aquella mujer, pero lo del circo lo digo porque el atuendo de la llamada "princesa de los dulces" era un poco estrafalario. Unas botas de cuero negras descombinaban totalmente con su falda verde a cuadros, y una chaqueta roja que acompañaban a un sombrero de paja viejo y roto. Pero lo más impresionante de la escena no era su atuendo, sino la belleza de la viajera, que deslumbraba a todos y desataba un poco la envidia de las mujeres que se habían empezado a acercar al oír el rumor de un visitante. Los esposos de esas mujeres estaban emocionados por ver tal vez por vez primera en sus vidas a una mujer de ese calibre.
En sus manos la mujer llevaba una canasta cubierta por una servilleta, y al ver a la muchedumbre acercarse la colocó en el suelo, y con voz pausada, pero firme explico la razón de su visita a ese lugar.

Hacía dulces, de todos los sabores y todos los colores y formas posibles, con el loco sueño de algún día convertirse en la reina de los caramelos, pero que en su extraño país había sido expulsada por intentar hacer golosinas con ingredientes prohibidos, de esos que provocarían un profundo asco y ¿quién sabe?
quizá hasta le muerte.

Al preguntarle el jefe del pueblo cuáles eran esos ingredientes, y el porque de su visita ella bajo la mirada y tristemente empezó a relatar que en su país hacía muchos años su madrastra había envenenado a su padre y había usurpado el trono, despojándola de su castillo y de su reino, puesto que era la heredera legítima, y termino siendo desterrada.
Y saco un puñado de golosinas y las empezó a repartir entre los mirones y curiosos. 
Un caramelo de amor; una paleta de amistad, un pequeño panecillo de caridad. Esos eran sus ingredientes. Y al probarlos la multitud sus caras cambiaban, se llenaban de jovialidad, la amistad se acrecentaba y antiguas riñas en el instante acabaron, al tiempo que ella repartía sus dulces todas las cosas malas del pueblo iban desapareciendo, creando un vínculo de amistan, amor, empatía y comprensión entre sus habitantes. Mientras cada quién se iba a su casa dispuesto a invitar a cenar a su vecino poco a poco la mujer se fue quedando sola, hasta el punto en que incluso los guardias del muro reían y cantaban juntos como si fuesen amigos de toda la vida, alentándose unos a otros.
Pero cuando se dieron cuenta la extraña mujer ya no estaba entre ellos, y lo último que alcanzaron a ver era una silueta que se alejaba por el mismo camino por el que había llegado. Saltando y corriendo tarareando una canción que ya no se podía escuchar, pero al parecer contenta, pues había llevado un poco de alegría y felicidad a un lugar donde la rutina se había convertido en el día a día, y así devolviendole al pueblo lo que antaño habían perdido.
Y cuando se dieron cuenta que la figura de la "princesa de los dulces" había desaparecido a lo lejos pudieron finalmente saber porque la llamaban de esa forma. 
Pues hacía recobrar mágicamente y de una forma extraña e inusual lo que en el corazón de los hombres desaparecía con el paso de los años, haciendo de ellos al final mejores personas, y haciendo a la vez un mundo mejor...